
El doctor Abelardo de la Espriella y el doctor Álvaro Uribe Vélez

Por Rafael Pardo
Septiembre 16 de 2026
Hubo un tiempo en que éramos católicos, conservadores, liberales, luteranos, socialistas. Podíamos discutir hasta el cansancio, incluso con los nuestros, porque detrás de esas palabras había ideas, doctrinas, tradiciones, maneras de entender la vida. Uno podía ser liberal y decir que un liberal estaba equivocado.
Hoy decimos: petristas, uribistas, abelardistas. Y quizá no sea solamente un cambio de vocabulario. Quizá hemos empezado a trasladar nuestra identidad de las ideas a las personas. Eso me preocupa.
Porque una idea se puede discutir. Una persona convertida en bandera, mucho menos. Cuando nuestra identidad queda atada al líder, cuestionarlo comienza a sentirse como una traición. Y entonces sucede algo terrible: dejamos de buscar al líder que representa nuestras ideas y empezamos a buscar ideas que justifiquen al líder que escogimos.
Lo hemos visto con Petro. Durante la campaña llegó a afirmar que, si era elegido, mediante el diálogo el ELN se acabaría en tres meses. No ocurrió. Y, sin embargo, muchos de quienes lo siguen encontraron la manera de explicar por qué aquella promesa no debía ser utilizada para cuestionarlo.
Pero esto no es un asunto exclusivo del petrismo. Y aquí está precisamente el problema.
Lo que condenamos cuando lo hace el adversario, encontramos la manera de justificarlo cuando lo hace uno de los nuestros.

Cuando el otro bombardea un campamento donde hay menores, hablamos de crimen, de barbarie, de indignidad. Cuando lo hace alguien de nuestro lado, aparecen las explicaciones: que eran reclutados, que eran combatientes, que no había alternativa, que era necesario. El propio Petro, que como opositor había cuestionado con enorme dureza este tipo de operaciones, terminó defendiendo como presidente bombardeos en los que murieron menores reclutados.
Y probablemente mañana ocurrirá lo mismo con Abelardo.
No porque Abelardo sea igual a Petro. No lo es. Sino porque *el mecanismo humano puede ser exactamente el mismo*. Cuando el líder es «de los nuestros», buscamos comprenderlo. Cuando es «de los otros», buscamos condenarlo. Eso no es tener principios. Es tener lealtades. Y ahí aparece la obediencia. También en la religión.
Una cosa es obedecer a Dios y otra muy distinta obedecer a un hombre en nombre de Dios. Una cosa es escuchar a un pastor, a un sacerdote, a un obispo, y otra entregarle nuestra conciencia. La fe necesita autoridad, pero también necesita discernimiento. Porque ningún ser humano debería convertirse en sustituto de la conciencia de otro.
Por eso me interesa tanto lo que está ocurriendo alrededor del abelardismo. No para juzgar aquí a Abelardo, sino porque la palabra misma nos obliga a preguntar: ¿por qué necesitamos ponerle el nombre de una persona a nuestras convicciones? Petristas. Uribistas. Abelardistas. Cambian los nombres, cambian las ideologías, pero puede permanecer la misma necesidad: encontrar a alguien que piense por nosotros.
Y eso no es nuevo. Hace casi dos mil años, Pablo se encontró con una comunidad dividida entre quienes decían «yo soy de Pablo», «yo de Apolo» y «yo de Cefas». Y les preguntó, en esencia: ¿acaso Cristo está dividido?

Qué curioso que después de tantos siglos sigamos haciendo lo mismo. Solo que ahora los nombres son otros. Quizá Pablo entendió algo que nosotros estamos olvidando: una cosa es seguir a alguien y otra pertenecerle. Pensar cansa. Dudar incomoda. Reconocer que nuestro líder se equivocó puede dejarnos solos. Es mucho más fácil que alguien nos diga quiénes son los buenos, quiénes son los malos y de qué lado debemos estar. Pero una sociedad libre no puede estar formada por obedientes. Necesita ciudadanos capaces de decirle a los suyos: «Aquí están equivocados». Necesita creyentes capaces de discernir y seguidores capaces de seguir pensando.
Porque el verdadero líder no debería necesitar nuestra obediencia ciega. Debería querer nuestra conciencia despierta. Petro pasará. Uribe pasará. Abelardo pasará. Pasarán los pastores, los partidos, las banderas y las consignas.
La pregunta es qué quedará de nosotros cuando ya no esté la persona a la que entregamos nuestras certezas. Quizá hemos llegado a un punto en el que necesitamos preguntarnos, antes de seguir a cualquiera: ¿Estoy siguiendo una idea que creo, o estoy obedeciendo a una persona que necesito?
Porque quizá la verdadera libertad comienza justamente allí donde *pensar deja de parecernos una desobediencia*.
