DE PETRO A ABELARDO: EL MISMO RIESGO CON DISTINTO UNIFORME
Ricardo Puentes Melo 06/07/2026 0
Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella

Por: Rafael Pardo
El petrismo no inventó la fe política. El abelardismo tampoco lo hará.
Confieso algo que para algunos resultará incómodo: soy un hombre de derecha.
No de centro. No de centro-derecha. De derecha.
Creo en la autoridad legítima del Estado, en la seguridad, en la libertad económica, en la responsabilidad individual y en la necesidad de instituciones fuertes. Por esa razón me opuse a muchas de las propuestas de Gustavo Petro y observé con preocupación buena parte de su gobierno.
Probablemente volvería a hacerlo.
Pero haber tenido razón en algunas de mis críticas al petrismo no me obliga a suspender el juicio crítico frente a quien hoy encarna las esperanzas de buena parte de la derecha colombiana.
Y precisamente ahí está el problema.
Durante años observamos cómo millones de colombianos defendían a Gustavo Petro aun cuando algunas de sus promesas más ambiciosas no se materializaron como fueron planteadas durante la campaña. Muchos recordarán afirmaciones relacionadas con la rapidez con la que se alcanzaría la paz con grupos armados, las expectativas generadas alrededor de la llamada Paz Total o la facilidad con la que se resolverían problemas estructurales que llevan décadas afectando al país.
Petro había dejado de ser simplemente un político. Se había convertido en un símbolo
La realidad terminó siendo mucho más compleja. El conflicto armado no desapareció. La inseguridad continuó siendo una preocupación nacional. Las reformas enfrentaron obstáculos políticos e institucionales. Y muchos de los cambios prometidos quedaron sujetos a negociaciones, limitaciones presupuestales o simplemente a la dificultad de gobernar un país tan complejo como Colombia.
Sin embargo, una parte importante de sus seguidores continuó respaldándolo.Para quienes estábamos en la oposición, aquello parecía inexplicable.¿Cómo podían seguir defendiendo a un líder que no había cumplido todo lo prometido?
Con el tiempo entendí que la respuesta era sencilla.
Porque para muchos de sus seguidores, Petro había dejado de ser simplemente un político. Se había convertido en un símbolo. Y los símbolos son juzgados con reglas distintas a las que aplicamos a los gobernantes. Hoy observo una dinámica parecida alrededor de Abelardo de la Espriella.
Aclaro algo de entrada: comparto muchas de las preocupaciones que han impulsado su crecimiento político. También comparto varias de las ideas que hoy movilizan a millones de colombianos hacia la derecha.
Pero compartir una preocupación no implica renunciar al sentido crítico. Gobernar no es hacer campaña. Y ese es un hecho que tarde o temprano termina imponiéndose sobre cualquier discurso.
Escucho promesas de recuperar el control territorial del país en tiempos extraordinariamente cortos, derrotar estructuras criminales enquistadas durante décadas, transformar radicalmente el aparato estatal, impulsar un crecimiento económico excepcional, reducir impuestos, fortalecer la seguridad, expandir programas de apoyo social y resolver problemas que ningún gobierno ha logrado solucionar completamente.
Ojalá lo consiga. Como colombiano, deseo que cualquier presidente tenga éxito. Pero también sé que la realidad tiene una desagradable costumbre: ignorar los discursos.
Existen límites institucionales. Existen restricciones presupuestales. Existen cortes, leyes, organismos de control, gobernadores, alcaldes, intereses económicos, coyunturas internacionales y crisis inesperadas.
Ningún presidente gobierna solo. Ningún presidente obtiene todo lo que quiere. Ningún presidente cumple el cien por ciento de lo que promete.
Por eso estoy convencido de algo que muchos de sus seguidores hoy no quieren escuchar.
Si Abelardo llega a la Presidencia, habrá promesas que no podrá cumplir completamente. No porque necesariamente engañe a los ciudadanos. No porque necesariamente actúe de mala fe. Sino porque así funciona la realidad.

La pregunta verdaderamente importante no es si incumplirá algo. La pregunta es cómo reaccionarán sus seguidores cuando eso ocurra. ¿Serán tan exigentes con él como fueron con Petro? ¿Le exigirán resultados con la misma severidad con la que juzgaron al gobierno anterior? ¿O encontrarán explicaciones para justificar aquello que antes consideraban injustificable?
Tengo la sospecha de que muchos harán exactamente lo mismo que durante años criticaron en el petrismo. Y si eso ocurre, el problema nunca habrá sido Petro.
Tampoco será Abelardo.
El problema será nuestra tendencia a convertir líderes políticos en objetos de fe. Las democracias sanas no se construyen alrededor de hombres providenciales. Se construyen alrededor de ciudadanos capaces de respaldar una idea sin renunciar a la capacidad de cuestionarla.
No me preocupa que Abelardo se parezca a Petro. Son políticos distintos. Lo que me preocupa es que los colombianos volvamos a comportarnos igual. Porque las democracias no fracasan cuando los líderes prometen demasiado. Fracasan cuando los ciudadanos dejan de exigirles cuentas.
Los colombianos tenemos una costumbre peligrosa: cada cierto tiempo cambiamos de salvador. Lo que rara vez cambiamos es nuestra necesidad de tener uno. Y quizás ahí radica la raíz más profunda de nuestros fracasos políticos. El petrismo no inventó la fe política. El abelardismo tampoco lo hará.
Simplemente heredará una vieja tradición nacional: justificar a los nuestros y condenar a los otros.
Mientras no abandonemos esa costumbre, seguiremos cambiando de líder sin cambiar realmente nuestra forma de hacer política.
