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Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella

Ricardo puentes6
Ricardo Puentes Melo

Por Ricardo Puentes Melo

Junio 16 de 2026

@ricardopuentesm

Me ratifico. El enemigo no es el que llaman “el heredero de las FARC”, Iván Cepeda.

El pueblo colombiano, que adolece de esa flaca memoria que los lleva a votar siempre por el “menos malo” ignorando que esos “menos malos” son la misma cosa, la misma ralea, ha sido llevado a ver al fariano Iván Cepeda como el archienemigo de Colombia, igual que el establecimiento llevó a la gleba a pensar que el “archienemigo” es todo lo que lleve el mote explícito de “comunista”.

No. El enemigo no es lo que es evidentemente comunista. El enemigo es lo que simula ser anticomunista – puede que lo sea- pero es Humanista, o liberal (en términos menos complicados).

El enemigo es, y lo he dicho durante muchos años, toda ideología que saque a Dios, al Dios de la Biblia, de la ecuación. A eso yo lo llamo Humanismo, que se opone a los principios morales absolutos contenidos en las Escrituras; otros prefieren llamarle “liberalismo”, para evitar usar connotaciones religiosas que puedan ofender las mentes de quienes aún siguen creyendo que las dos grandes corrientes ideológicas que gobiernan el pensamiento del mundo son “derecha” e “izquierda”. Tremenda tontería.

De lo que se trata acá, el jueguito globalista, es de confundir el rebaño llevando a unos a creer que la “izquierda” instaurará el comunismo (es probable, pero ese no es el real peligro), y a otros a asustarse con el cuento de que la “derecha” instaurará el Fascismo (que en realidad es uno de los hijos del comunismo) y, de esa manera, generar pequeñas guerras en la comunidad, en la cuadra, en el gremio, el lugar de trabajo… en la misma familia.

Por ello es que, como todos saben, no apoyé en el pasado a personas muy cercanas a mí, como María Fernanda Cabal, a quien siempre le critiqué su postración ante Álvaro Uribe Vélez a pesar de saber exactamente que era un maoísta secuestrador de la “derecha” en Colombia; así como también le critiqué sus posturas permisivas frente al aborto, a la adopción gay, a la agenda LGTB, a la aprobación del uso de alucinógenos. Posturas muy liberales que, entiendo, ella fue puliendo y enderezando hasta acercarlas más a lo que las Escrituras aconsejan para que una sociedad, un Estado, funcione mejor, sin que tenga que volverse teocrático, cosa que es, además, antibíblica.

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Álvaro Uribe y María Fernanda Cabal posan radiantes para la foto con una cabecilla de las FARC (hoy en el Congreso) y hacen llamado a "un país fraterno"

También me alejé políticamente de Abelardo de la Espriella, respecto de quien he manifestado mi aprecio. Mi candidato siempre fue el General Gustavo Matamoros pero su campaña adoleció de dos de los tres factores necesarios en toda campaña política: Finanzas y equipo.

Apoyar a Abelardo me parecía un despropósito monumental. No porque le hubiera metido petardos en el culo a un gato, ni porque le hubiera enseñado una foto de su pene, sugerido bajo sus apretados pantalones italianos, a una ecoperiodista colombiana que trabaja en un programa de humor que, muchas veces, usa el morbo sexual para generar audiencia.

Esas estupideces que ha hecho Abelardo no me asustan. Lo que sí me ha asustado, y así se lo hice saber públicamente, fueron dos cosas: Su defensa de Alex Saab y su defensa de Piedad Córdoba, ambos enemigos de la patria, y ambos muy amigos suyos.

Me parecía, pues, que votar por Paloma, Abelardo o Cepeda era lo mismo. Así como en elecciones pasadas, siempre dije que era la misma vaina votar Santos o Mockus; por Petro o por Duque, o por Petro y Zuluaga, Fico y Rodolfo.

Me burlé de la conversión de Abelardo, quien se dejaba poner las manos encima de los satanistas de la Misión Carismática y, al otro día, lloraba como un idólatra ante una imagen católica en una escena que, a mi parecer, no merecía estar ni en “Padres e hijos”, una de las series de TV donde participé como libretista y actor.

La imagen que siempre había tenido de Abelardo, como un tipo chévere, un gourmet, un gran conversador sobre varios temas, se derrumbó hasta los dantescos infiernos de la ridiculez, la mentira, la payasada, la falsedad y la trampa.

Por esos días me enviaron un extracto de un debate donde participé contra 3 amigos de los diálogos de paz con las FARC, entre ellos Abelardo de la Espriella, y recordé muchos de sus pronunciamientos a favor de esa barbaridad, a favor de darles curules a las FARC. Y esa fue la palada final para enterrar en una fosa la poca esperanza que yo tenía en él.

Sin embargo, en esos días me visitó un amigo mutuo y charlamos sobre Abelardo y mis serios cuestionamientos sobre su pasado.

Algo sucedió en mí durante esa charla. Comprendí que la personalidad histriónica de Abelardo, unida a su enorme ambición por el triunfo, la gloria, el dinero, lo llevó a cometer y decir muchas de las estupideces que hizo y dijo; y cuyos residuos aún brotan de cuando en vez.

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El Dr. Abelardo de la Espriella

Esa es la personalidad base de Abelardo de la Espriella. Le fascina ser el centro de atención, ganar debates o juicios le produce una satisfacción orgásmica; y no le gusta reconocer que en el pasado se equivocó.

Pero nuestro amigo común me hizo caer en cuenta de algo: “Tú le llevas a Abelardo 15 años, y cuando tuvieron ese debate Abelardo contaba 34 años mientras tú ya tenías 59 años, mi hermano… Tu edad y experiencia hicieron que ya proyectaras dónde iban a terminar esos diálogos con los terroristas”.

No compré ese argumento de la diferencia de edad para entender cosas básicas, pero sí me ayudó, y muchísimo, a entender que la juventud, fogosidad y ambición llevaron a Abelardo a cometer muchos errores que posiblemente él nunca reconocerá públicamente. Pero eso no me trasnocha.

¡Jamás…! Jamás he aconsejado votar por el menos peor.  Esa es una salida inservible.

En el transcurso de estos días he notado un cambio, imperceptible para la mayoría, en la actitud de Abelardo. Creo que ha entendido finalmente que lo primero es la patria, el cumplirle a sus millones de apoyadores; si alguna vez su principal motor fue el hacer dinero ganando la presidencia o con la reposición de votos, creo que esas cosas no son su mayor motivación ahora. Ya no lo veo feliz porque se ha convertido en una figura internacional -uno de sus sueños-, sino que ha ido poco a poco asumiendo el clamor nacional que lo obliga a cumplir con sus promesas de transformar a Colombia, de una nación inviable, a una posibilidad real, un sueño que él y su personalidad de espectáculo sembraron en las multitudes como algo alcanzable, posible.

Algo también ha cambiado en mí gracias principalmente a mis charlas con el amigo mutuo.

Lo repito: Nunca jamás he invitado a votar por “el menos malo”.

Como cristiano que soy, he argüido en el pasado lo estúpido que es votar por “el menos malo”.

Pero hoy no veo a Abelardo como el “menos malo”.

Mi visión sobre las tretas del globalismo sigue intacta. Pero hay algo que me dice, y perdonen si suena esotérico -no pretendo eso, que Abelardo ha cambiado sustancialmente.

Creo, de verdad, que ahora sí le interesa la patria.

Y, antes de que surjan conjeturas sobre cosas que no existen, no me he reunido con Abelardo, no hemos hablado por teléfono ni nos hemos comunicado por redes. No hay “arreglos bajo la mesa” con él y sinceramente no creo que a Abelardo le interese mucho si lo apoyo, lo ignoro o lo ataco. Es más, no creo que una eventual victoria de Abelardo me beneficie de alguna forma ya que el candidato, a quien conozco hace muchos años, sabe perfectamente que soy insobornable, imposible de comprar (en la era Duque lo intentaron, y no pudieron), y que cualquier vagabundería en su eventual gobierno sería inmediatamente denunciada por mí.

Abelardo sabe que, a diferencia de Coronell y pandilla, yo no defiendo vagabunderías a cambio de cuotas publicitarias ni a costa de una amistad. Él lo sabe perfectamente.

Con todo eso explicado, procedo a hacer la propuesta que jamás pensé que haría:

¿Y si le damos la oportunidad a Abelardo de la Espriella para que rescate a Colombia del lugar donde nos pusieron Santos, Uribe, Duque y Petro, cumpliendo la agenda de Destino Colombia?

Las Escrituras (no los “valores fundacionales de la república”, como dice Abelardo) nos enseñan que dentro de esos Valores Morales Absolutos contenidos en las Escrituras se encuentra el derecho a recapacitar y a buscar el camino correcto.

Yo le apuesto a eso: A darle a Abelardo de la Espriella la oportunidad de convertirse en lo que Donald Trump se convirtió para los Estados Unidos de América: Un fantoche, un hedonista, un concupiscente, un presumido fiestero que entendió prontamente su papel en el calendario profético del Creador.

Porque yo sí creo que Abelardo puede llevar a jugar a Colombia a un papel muy importante en el escenario mundial.

Entonces: ¿Y si le damos la oportunidad a Abelardo?

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