
La hija del terrorista Pizarro "carroloco", impone la banda presidencial a alias "aureliano".

Por Rafael Pardo
Junio 19 de 20026
Muchos analistas siguen intentando explicar el fenómeno de Abelardo de la Espriella, observando a Abelardo de la Espriella.
Creo que están mirando el lugar equivocado.
La elección del próximo domingo no se definirá por un hombre. Se definirá por un estado de ánimo, que lleva años acumulándose en silencio; un sentimiento profundo, que millones de colombianos experimentan todos los días y que buena parte de la dirigencia política fue incapaz de escuchar.
La sensación de abandono.
La sensación de que el ciudadano cumple las reglas, mientras quienes las violan parecen imponer las condiciones.
La sensación de que el Estado exige, cobra y regula, pero cada vez protege menos.
La sensación de estar solo frente a problemas que crecen y frente a autoridades que parecen retroceder.
Ese sentimiento tiene muchos nombres. Miedo, frustración, cansancio. Pero, quizás, la palabra que mejor lo resume es una: impotencia.
La del comerciante, que paga extorsiones para poder abrir su negocio.
La del empresario, que debe convivir con amenazas permanentes, para seguir produciendo.
La de la familia, que ya no regresa a casa con la tranquilidad de antes.
La del ciudadano, que observa cómo la delincuencia avanza, mientras la autoridad pierde terreno.
La de quien cumple las normas y siente que nadie las hace cumplir.
Ese ciudadano no pasa sus días discutiendo teorías políticas; tampoco se despierta pensando en debates ideológicos, ni vive pendiente de las polémicas de las redes sociales.
Se despierta preguntándose algo mucho más simple.
¿Quién me va a proteger?
¿Quién va a garantizar que pueda trabajar sin ser extorsionado?
¿Quién va a impedir que los delincuentes sigan imponiendo las reglas en tantos territorios del país?
¿Quién va a devolverle al Estado la autoridad que parece haber perdido?
Mientras tanto, la conversación pública pareció desplazarse hacia otros asuntos. Muchos de ellos importantes; muchos de ellos legítimos. Sin embargo, para una sociedad que comenzó a sentirse cada vez más insegura, más vulnerable y más indefensa, la prioridad era otra.

Mientras la dirigencia discutía qué país quería construir, la gente se preguntaba quién la iba a proteger mañana.
Y esa diferencia terminó convirtiéndose en una grieta política enorme.
Una grieta que muchos no vieron; y otros, quizás, vieron demasiado tarde.
Por eso creo que el error consiste en concentrar el análisis en Abelardo.
El personaje es secundario.
Lo verdaderamente importante, es entender, que detrás de su aparición existe una lectura política extraordinariamente precisa sobre el estado de ánimo del país.
Alguien comprendió algo que buena parte del establecimiento dejó de escuchar. Comprendió que la emoción dominante ya no era la esperanza; ni siquiera la rabia. Era el agotamientode una sociedad que sentía que perdía el control de su entorno, mientras nadie parecía dispuesto a recuperarlo.
La sensación de indefensión fue creciendo; y, con ella, la demanda de autoridad.
Porque cuando una sociedad se siente impotente durante demasiado tiempo, deja de buscar discursos inspiradores. Deja de pedir explicaciones. Empieza a exigir resultados.
Empieza a buscar decisiones.
Empieza a buscar orden.
¡Por eso, Abelardo va a ganar el próximo domingo!
No porque haya convencido a Colombia de una ideología. Tampoco porque sea necesariamente el político más brillante. Va a ganar, porque una parte importante del país encontró en él la representación de algo que venía buscando desde hace años.
O, para ser más precisos, porque quienes construyeron ese proyecto político, entendieron algo que el Gobierno dejó de escuchar: la profundidad del cansancio, del miedo y de la frustración que se fue acumulando silenciosamente en la sociedad colombiana.
Y eso nos lleva inevitablemente a Gustavo Petro.
¿No vio venir este fenómeno?
Cuesta creerlo.
Petro ha demostrado durante décadas una enorme capacidad para interpretar los estados de ánimo colectivos. De hecho, buena parte de su éxito político nació precisamente de esa habilidad.
Por eso resulta difícil aceptar que simplemente no entendió lo que estaba ocurriendo.
Tal vez creyó que ese malestar no era tan profundo.
Tal vez pensó que podía contenerlo.
Tal vez calculó que una candidatura construida alrededor de la seguridad, el orden y la autoridad, sería fácilmente derrotada.
No lo sé.
Lo que sí sé, es que, mientras millones de colombianos acumulaban frustración, miedo e impotencia, el Gobierno fue perdiendo la capacidad de representar ese sentimiento.
Y en política existe una regla implacable: cuando quienes gobiernan dejan de escuchar las preocupaciones fundamentales de la sociedad, alguien más termina escuchándolas.
Por eso, cuando el domingo se conozca el resultado, muchos creerán que el protagonista de la historia fue Abelardo de la Espriella.
Yo creo que no.
El verdadero protagonista será ese sentimiento acumulado durante años; esa sensación de abandono que millones de colombianos experimentaron mientras el país discutía otras prioridades.
No sé si Petro quiso que ocurriera.
Lo que sí sé, es que creó las condiciones para que ocurriera.
