
La pax Romana
Y LAS CASTAS DOMINANTES
Un modelo educativo que aun subsiste

Por Ricardo Puentes Melo
Noviembre 01 de 2007
Otro de los artículos tumbados durante el régimen de Iván Duque. Vaya uno a saber por qué
Para quienes no estén familiarizados con el tema, la “pax romana” es un estado de bienestar que fue convertido en un objetivo ideal político por César. Este emperador intentó establecer el modelo en su imperio y consistía básicamente en buscar que todos los hombres fueran una sola familia, que tuvieran los mismos lazos culturales y sirvieran a los mismos dioses; el modelo busca aunar a los hombres mediante lazos matrimoniales y códigos unificados de pensamiento.
El emperador Carlos I (V del Sacro Imperio Romano Germánico) intentó imponer este modelo sobre su vasto imperio, con escaso éxito, pretendiendo unificar a Europa bajo los ideales del catolicismo romano. Huérfano de padre y totalmente alejado de su madre, Carlos había sido educado por quien habría de ser el papa Adriano VI, artífice de la ideología de este medieval caudillo.
Carlos V es especialmente importante para nosotros, los latinoamericanos, porque fue durante su reinado que tuvo lugar el mayor avance en el proceso de conquista (y exterminio), y se establecieron las principales instituciones administrativas del Nuevo Mundo; todo esto, claro está, asesorado por los jerarcas católicos. Luego de su fracaso frente al protestantismo, se retiró del reinado a un monasterio donde murió dejando a su hermano a cargo del imperio.

Carlos V, en búsqueda de la “pax romana”, buscó unificar la península europea con las tierras americanas de su imperio, para colocar todo bajo un solo rey, un papa, un idioma y, por supuesto, una sola manera de educar. Ecumenismo y globalización.
Sobra decir que los ideales de la pax romana fueron –todavía lo son- buscados frenéticamente por la Iglesia Católica romana que persigue colocar al papa como el supremo gobernante del planeta. Ese ha sido su objetivo desde que nació y por ello ha ideado guerras entre naciones, guerras entre personas de una misma nación, matanzas, etc. En esa búsqueda del objetivo ha levantado y patrocinado tiranos tan sanguinarios como Hitler, Mussolini, Franco, Fidel Castro y –hay que decirlo- Hugo Chávez quien acaba de cumplir con uno de los objetivos del Vaticano para lograr la “pax romana”, y es nada menos que unificar el sistema educativo para que sea controlado totalmente desde la cabeza del régimen.
Lo que está haciendo Chávez no es nada nuevo. Los jesuitas saben desde hace siglos (y ellos asesoran a las dictaduras del mundo) que lo principal que hay que controlar para tener dominio sobre todo, es el sistema educativo.
De inmediato, al mismo tiempo que ocurría el holocausto indígena a manos de los europeos con la bendición del papa, la iglesia católica estableció su sistema educativo, de valores y creencias que darían como resultado lo que hoy conocemos como Latinoamérica.
Se empezó a escribir la nueva historia de este Nuevo Mundo que serviría como “experimento social”. Se recluyó a la mujer a los conventos y se le aisló para una educación mística, llena de temor hacia Dios, que habría de reproducir en otras mujeres, y éstas en sus propios hijos. Se les hizo creer que eran inferiores a los hombres y se tergiversaron las palabras del apóstol Pablo (1 Corintios 14: 34-37) dándoles un sentido infame y alejado del ideal cristiano. Los sacerdotes se dedicaron a estudiar con juicio las lenguas indígenas con el fin de utilizarlas en contra de los mismos hablantes, cambiándoles totalmente su pasado para entrenarlos en el nuevo futuro.
Estos siniestros teólogos católicos enseñaban que si bien por una mujer había entrado el pecado al mundo (Eva), por medio de otra se había producido la salvación (María). Algo totalmente espurio
Las mujeres de la época colonial fueron totalmente dominadas desde los confesionarios católicos, sitio estratégico y efectivo para controlar todo en la sociedad naciente. Una táctica de control mental contra la que ya había advertido el mismo apóstol Pablo y que identificaba a los enemigos del verdadero cristianismo.
La imagen que tenía el europeo conquistador acerca de la mujer, fue la misma que enseñó Tertuliano, reconocido por los católicos como uno de los primeros “padres de la iglesia”, y que no era más que un temprano apóstata, falso maestro, megalómano y perverso hombre que demonizó a la mujer condenándola a lo que la ha condenado la infernal iglesia católica donde quiera que ésta se ha establecido. Dice Tertuliano, acerca de la mujer: “Deberías llevar siempre luto, ir cubierta de harapos y abismarte en la penitencia, a fin de redimir la falta de haber sido la perdición del género humano. Eres la puerta del diablo. Fuiste tú quien tocó el árbol de Satanás y la primera en violar la ley divina”.
Por otro lado, estos siniestros teólogos católicos enseñaban que si bien por una mujer había entrado el pecado al mundo (Eva), por medio de otra se había producido la salvación (María). Algo totalmente espurio que solamente buscaba perpetuar enseñanzas idólatras de cultos precristianos donde abundan las diosas madres, precursoras del culto a María. Pero ese es otro tema.
El europeo que llegó al Nuevo Mundo ya traía toda una tradición de miedo mágico hacia la mujer. Ella era tanto la madre como la bruja; la envenenadora como la sanadora, la esposa como la prostituta. Sobre este imaginario se desarrolló todo el sistema católico de educación. Considerada como un ser inferior, fue objeto de toda clase de persecuciones y vejámenes como las famosas cacerías de brujas que también se importaron de mar allende.
A la par de exponer a la mujer como receptáculo de las pasiones carnales –que eran consideradas del demonio- los sacerdotes católicos reforzaron el ideal mariano de pureza y santidad. Eva era vista como el pecado encarnado y María como la pureza en pasta. Eva era la indígena, la nativa negra, la mujer de la tierra; mientras que María era la mujer española. Eva –la indígena y la negra- fue usada como objeto sexual del conquistador pero no perdió su independencia interior que luego fue transmitida a sus hijos bastardos como un grito de libertad que perdura hasta hoy y del que también se han aprovechado los curitas para dividir y vencer. Sin embargo, fue desde entonces que se empezó a forjar nuestra sociedad machista que ha producido mujeres maltratadas, hijos maltratados, hombres maltratadores.
Uno de los grandes problemas a los que se enfrentaron los sacerdotes y conquistadores, fue –precisamente- la diversidad cultural del recién descubierto continente americano. Un problema al que ya se había anticipado el Vaticano haciendo que las coronas europeas delegaran en los eclesiásticos la responsabilidad de adoctrinar a los indígenas. Lo primero que surgió aquí en la hoy Colombia, fueron las escuelas doctrineras donde se impartían clases de religión y de lengua castellana a los indígenas. Estas escuelas doctrineras estaban adscritas a las encomiendas y, en muchísimos casos, los mismos sacerdotes eran los encomenderos de tierras, dueños de cientos de indios que trabajaban para su servicio en una forma moderna de esclavitud colonial.

La religión era la médula espinal de todo el sistema colonial. Alrededor de ella se entretejían todas las relaciones humanas y las instituciones mundanas. Era la religión la que legitimaba la esclavitud y le confería poderes y total autorización divina al dominador. Quien se apartara de los cánones establecidos podía terminar ajusticiado por autoridades civiles o quemado por autoridades religiosas; todo se confundía convenientemente para los jerarcas católicos. Para que se den una idea, hoy día sucede lo mismo con el socialismo, la religión moderna y “atea” inventada por los astutos jesuitas. Los fusilamientos, las ejecuciones, las persecuciones socialistas contra intelectuales y artistas que difieren de esta nueva forma de religión, son la norma en todas las dictaduras socialfascistas del mundo.
Pero sigamos con la historia.
Al mismo tiempo que existían estas escuelas doctrineras donde eran educados los indígenas y mestizos pobres para enseñarlos a servir como esclavos mentales y literales del conquistador y el sacerdote, también coexistían otro tipo de escuelas destinadas para la élite dominante.
Para darles un ejemplo, las escuelas de élite hoy día son donde estudian los hijos de los dirigentes políticos, del Polo y otros, para que también –cuando crezcan- sean ellos los dirigentes. Por eso vemos hoy a un Samuel Moreno, Germán Vargas Lleras, Simón Gaviria, Andrés Pastrana y demás delfines políticos, erigiéndose sobre el resto de colombianos con su pretendido derecho a ser elegidos para perpetuar la dinastía hegemónica.
Estas familias –muchas de las cuales alegan ser de extracción popular (¡qué risa..!)- logran mantener su poder gracias a su educación privilegiada y, como no, a la disposición de todos los medios económicos que eternizan su dominio. Es un círculo vicioso. Por otro lado, las escuelas doctrineras de hoy son todos los colegios y escuelas donde asistíamos nosotros y asisten nuestros hijos; y tienen como fin –igual que antes- homogenizar nuestro pensamiento para perpetuar el poder de los mismos de siempre.
Esa fue la razón del éxito de la izquierda jesuítica en Bogotá con el Polo Democrático. Pudieron llegar a cada hogar pobre y mal educado y lograron voltear a su favor la intención de voto de los padres de familia.
Esa es la misma razón del fracaso de la izquierda en la provincia, donde sí han visto de cerca las masacres y han sufrido en carne propia el accionar de las FARC. Por supuesto, estas escuelas de provincia tienen la misma dinámica homogenizadora pero la intención de voto se maneja con otros destinatarios igualmente perversos. De todas maneras, siempre salen ganando los que dominan.
Los colegios para la clase dominante, pues, eran una especie de filtro social al que solamente se podía acceder con recomendaciones, certificaciones de “pureza de sangre” y, obvio, dinero.
Dentro del sistema educativo diseñado por la iglesia Católica, era necesario separar a los alumnos de su entorno familiar. Esto ayudaba a lograr un mejor y más completo control sobre cada aspecto de la vida del individuo; permitía el proceso de homogenización con mucha más rapidez. Y esto fue cierto tanto para varones como para las mujeres quienes eran educadas bajo preceptos totalmente religiosos con el fin de que tal enseñanza fuera multiplicada en sus hijos, hasta que éstos pasaran a manos de los colegios estatales manejados por el clero donde se continuaba con el adoctrinamiento.
Con la influencia de otras corrientes de pensamiento, frontal o subrepticiamente anticatólicas, los planes del Vaticano estuvieron a punto de perder siglos de lavado mental. Debido también a las características geográficas del país y a la carencia de medios de comunicación, los grupos nacientes de la burguesía en las provincias disputaron con el poder central por el control político y económico de sus regiones. Y el tema de la educación fue un punto álgido en las disputas debido, precisamente, a que los dominadores nuevos y viejos sabían que la educación es vital para el adoctrinamiento de los individuos a favor de la clase dominante.
Pero los jesuitas lograron penetrar y contaminar el movimiento reformista. No fueron en vano todos los esfuerzos por colocarse dentro del imaginario neogranadino como delegados de Dios en la tierra. Habían logrado inculcar en las personas –durante años y años de paciente técnica- un temor reverente hacia los esbirros del papa, fuera cual fuere la Orden religiosa. Los clérigos religiosos eran vistos como una especie de hombres superiores, cubiertos por una unción celestial y santificados con derecho a ejercer su dominio sobre el resto de mortales.
Durante el gobierno de Francisco de Paula Santander, se empezaron a cuestionar muchos de los valores católicos que estaban siendo transmitidos a los jóvenes. Aunque Santander entendió la necesidad de “descatolizar” la educación y replantear los modelos educativos para alcanzar la modernidad, Jorge Orlando Melo nos cuenta que en el siglo XIX el crecimiento de la educación formal se produjo muy lentamente. (JOM, “La evolución económica de Colombia, 1830-1900”, en Manual de Historia de Colombia). La educación formal secularizada solamente fue posible para un muy reducido grupo de niños, y durante poco tiempo.

El Vaticano logró, mediante sucesivas guerras civiles, que las reformas liberales radicales que excluían a la iglesia de la educación, fueran derrotadas finalmente. Con la Constitución de 1886 y el Concordato celebrado con el Vaticano en 1887, se consagró definitivamente el dominio de la Iglesia Católica en el campo educativo y, por obvias deducciones, en todo ámbito de la vida pública y privada de los colombianos.
Como el Vaticano perdía terreno en Europa, el Nuevo Mundo se convirtió en el destino soñado de todas las órdenes religiosas católicas y muchas religiones protestantes.
Hay que hacer un paréntesis aquí para explicar que la impunidad de sacerdotes, obispos y cardenales católicos que violan niños y niñas, tiene su sustento jurídico en el Concordato que sigue vigente hoy. La iglesia Católica puede cometer casi cualquier crimen y salir impune. La ley no la alcanza a tocar.
Gracias a su pleno control sobre cada individuo, la Iglesia Católica logró parte de su ansiada “pax romana” degradando al individuo hasta convertirlo en un simple bien público. Aunque, si bien es cierto que los “liberales” querían que la Iglesia Católica no tuviera ingerencia en la educación “formal”, el Vaticano ganaría de cualquier forma ya que había invertido mucho en el adoctrinamiento de las mujeres para que éstas educaran a sus hijos bajo las mismas premisas católicas de subordinación al clero. En cada hogar colombiano ya había una estatua de la virgen María recordándoles a los de la casa quiénes eran sus amos.
Si se revisa la historia de nuestro país, que es común con toda Latinoamérica, el problema de fondo siempre ha sido la restricción de las libertades individuales y, hay que repetirlo, donde se restrinjan las libertades personales, ahí está metida la mano del papa.
Los grupos políticos de izquierda pregonan sobre igualdad. Pero son tan injustos como sus contradictores de derecha (aunque en realidad son dos facetas del mismo sistema). Hablan de distribución equitativa de la riqueza pero mientras los caudillos socialistas vacacionan por Europa y cenan faisán, los pobres a quienes dicen representar luchan a diario por una botella de leche y algo de pan. Curiosamente, como me dijo hace poco un fanático seguidor del Polo, los paupérrimos se sienten “representados” con estos lujos desvergonzados de sus líderes; esta persona me dijo: “Deje la envidia… los pobres también tenemos derecho de ir de vacaciones a Europa y comer caviar..” Aunque esta persona jamás ha ido a Europa y dudo mucho que conozca el sabor del caviar, se siente representada por estos avivatos; siente que si sus líderes viven como reyes, es porque se lo merecen. Esa es mentalidad católica.
Los pobres siempre llevan la peor parte. Cuando hay época de prosperidad, los ingresos pírricos de los pobres se afectan debido a los aumentos de la inflación y los intereses altos. Cuando hay épocas malas, los pobres también sufren debido al desempleo y la recesión económica, que son mecanismos de concentración de la riqueza. Los ricos nunca pierden. Los pobres siempre tienen que hacer sacrificios para “atraer la inversión”; deben trabajar más horas, deben ceder prestaciones, deben conformarse con empleos temporales sin seguridad social. Como si esto sirviera a intereses diferentes a los de esos ricos industriales –nacionales y extranjeros- que se nutren de la mano de obra barata del colombiano para poder vivir como príncipes romanos y poder pasear por Europa.

La inversión extranjera llega buscando eso: mano de obra barata. Mientras tanto, los sindicatos obreros, todos manejados por jesuitas con y sin sotana, traicionan al obrero colombiano exigiendo y consiguiendo prebendas solamente para ellos, sin tener en cuenta a los demás. Por eso es que podemos ver obreros sindicalistas -como Lucho Garzón (educado por jesuitas)- con tanta influencia que son consultados y requeridos por los presidentes de turno. Hábiles y marrulleros, los dirigentes sindicales hacen creer a los millones de obreros colombianos, que están luchando por los intereses del proletariado cuando la verdad es que pelean por ellos mismos, una selecta clase sindical, poderosa y emergente, que ha logrado capitalizar la miseria de los colombianos para su propia y egoísta ambición. Los sindicatos son los mercenarios ideológicos más peligrosos del mundo. Y, para que ustedes se sorprendan, los sindicatos obreros fueron invenciones de la iglesia católica, nacieron del mismo seno del Vaticano como respuesta a los nuevos vientos ideológicos.
Los socialistas, encarnados en el Polo Democrático, defienden a sus propios ricos, a sus propios grupos financieros, a sus propias alianzas. Hay que ver quiénes financian sus campañas políticas para enterarnos de qué intereses están de por medio. Los socialistas –no me cansaré de repetirlo- obedecen a la misma lógica jesuítica del Vaticano; son un invento de Roma que busca lo mismo que la ultraderecha con diferentes aliados.
En Colombia se habla de democracia y se enuncia como un valor nacional de un sentido místico. Se esgrime la democracia para obligar a que jóvenes del pueblo se maten entre sí defendiendo los intereses económicos de los grupos financieros e industriales en conflicto. Luego de la matanza, los ricos se dan la mano, juegan al golf y envían saludos a las señoras de la casa, mientras en las casas de los pobres quedan viudas, huérfanos, lisiados y cada vez más misérrimos colombianos. Esa es la realidad.
En Colombia se habla de educación pero solamente se invierte en edificios (en contratos que dan a los amigos) y no en calidad. En Colombia se habla de recreación, pero el pueblo tiene pocas alternativas para escoger: el fútbol, la droga, el alcohol y la prostitución, todo controlado por las mafias y también útil para mantener al populacho bajo control. Jóvenes hinchas de fútbol se matan a piedra, cuchilladas y balazos por defender a sus equipos, ignorando que los equipos de fútbol solamente son escudos y conceptos abstractos aprovechados hábilmente por los dueños de la marca que se enriquecen con esta histeria popular que también es producto made in Vaticano, como casi toda la industria del entretenimiento.

Samuel Moreno, el caudillo del Polo Democrático dijo –como también lo dijo Lucho Garzón hace cuatro años- que su gobierno sería para los pobres y para lograr la igualdad social. Esto no será posible ahora ni nunca, no porque sea una utopía, sino porque ni a Samuel ni a Lucho, ni a Petro ni a Navarro les interesa la igualdad; no les interesan realmente los pobres, como tampoco les han interesado a los demás gobernantes y caudillos de derecha, centro izquierda, o como quieran llamarse estas bandas de saqueadores que son los partidos políticos. Esto no va a cambiar sencillamente porque a los ricos no les conviene que esto cambie.
Hay algunas opciones de surgir socialmente para entrar a formar parte de la élite gobernante o de sus grupos apéndices de burócratas vasallos. Una, haciendo política en y desde las bases con paciencia y lealtad al grupo político. Los votos son poder; entre más votos, más poder. Eso es natural. Muchos de los barones electorales de hoy surgieron en la barriada, en medio del tufo de la cerveza y la grasa de la gallina. Turbay Ayala es el mejor ejemplo de ello. Otra, es mediante el acceso a una educación privilegiada que permita colarse entre los tecnócratas y asesores de la clase dominante. Esto último es difícil debido al elevado costo de las universidades de “prestigio” que tienen derecho ganado automático a colocar a sus graduandos en puestos claves de control y poder. Otra manera de perpetuarse en el poder (se llaman “roscas”).
Es mucho más fácil para personas como Samuel Moreno, Vargas Lleras, Simón Gaviria, los hermanos Galán y demás herederos naturales de sus antepasados que gobernaron el país. Estos tienen todo: educación, dinero y derecho de pernada heredado. Los demás tienen que lamer muchas botas y arrodillarse continuamente para pellizcar las migajas del poder.
Sin embargo, la situación para nosotros –los sin tierra- no es tan sombría. Tenemos opciones. Somos mayoría. Aunque estamos muy lejos de liberarnos del yugo de la Iglesia Católica, productora y beneficiaria de las castas dominantes, podemos hacer uso de nuestras libertades personales que están ahí en espera de nos apropiemos de ellas.
Podemos educar a nuestros jóvenes y niños enseñándoles la verdad tras la clase política. Podemos rebelarnos pacíficamente contra el sistema educativo y arrebatar a nuestros hijos de la masificación de las corrupciones que benefician a nuestros opresores. Podemos enseñarles que ni la televisión ni el fútbol son la solución; que la droga y el alcohol no son banderas de libertad sino cadenas de esclavitud. Podemos enseñarles que la necesidad espiritual no se satisface en iglesias católicas ni protestantes, ni mediante ningún intermediario humano, sea cual sea el ropaje espiritual en el que venga disfrazado el violador.
Podemos salvar a nuestros hijos de la esclavitud de este sistema educativo perverso y consumista que conduce a la esclavitud permanente.
Cada vez estoy más convencido de que la solución no está en las sedes de las campañas políticas ni en las aulas preparadas para la clonación mental e ideológica, sino en el hogar de cada colombiano.
La solución está en cada hogar porque es allí donde podemos levantar niños libres, humanos, no-rígidos; niños que aprendan el amor, que se compadezcan del prójimo y que conozcan a su vecino. Niños que aprendan valores y no conceptos de valores; niños que ejerzan su individualidad respetando la individualidad del otro; niños que amen y defiendan su libre albedrío como un regalo de Dios.
La solución no está en desmembrar familias enviando a los hijos a internados o escuelas que exijan gran cantidad de tiempo de dedicación. Como lo mencionó en su precioso texto el formador de jóvenes, John Taylor Gatto,
“El ‘Curriculum de la Familia’ está en el corazón de cualquier buena vida. Nos hemos alejado de ese curriculum; es hora de volver a ello. La forma de devolver la salud a la educación es que nuestras escuelas se liberen del dominio absoluto de las instituciones sobre la vida familiar, es promocionar durante el tiempo de escolarización confluencias de padres e hijos que fortalezcan los lazos familiares.(….) Es hora de volver a la democracia, al individualismo y a la familia” (Por qué la escuela no educa)
El antídoto contra la “pax romana” católica y todos sus hijos –socialismo, protestantismo, maoísmo. islamismo, etc-, es educar niños que aprendan a abrazar y atesorar su libertad individual como el mayor de sus bienes, y guiarlos a que utilicen plenamente esa libertad para servir a los demás. Esa es la esencia del verdadero cristianismo.
